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Ser un papá así o tener un papá así…

Aún recuerdo la humareda…..el olor intenso y pesado del cigarrillo Raleigh sin filtro que fumaba mi padre. Yo tenía apenas cinco años y cada día se repetía el mismo ritual después de la cena, mientras contemplaba como se elevaban las volutas de humo hacia la lámpara de la cocina…

 

Con lentitud y parsimonia mi padre encendía su cigarrillo mientras comenzaba la plática de sobremesa y nos preguntaba lo que habíamos hecho durante el día y sobre los quehaceres escolares o personales.

A mi corta edad entendía muy bien la publicidad anti tabaco que en esos entonces era una novedad, cuando nadie se atrevia a enfrentarse a las multimillonarias compañías tabacaleras.

La publicidad decía algo así: “FUMAR ES CAUSA DE CANCER Y MUERTE PREMATURA…”, y la imagen era de unos pulmones enegrecidos y cuasiputrefactos. Impresionante comercial para un horario de caricaturas donde me encontraba tirado panza arriba fantaseando con ser Mazinger Z, He-man o el Capitán Centella.

Un extraño pensamiento empezó a sacudir mi mentecilla infantil pues no entendía cómo mi padre, a quien yo siempre consideraba ese ser enorme, fabuloso, poderoso e inteligente no podía entender el mensaje tan breve y simple.

Los días pasaron y cada vez que terminaba la cena, tan pronto como mi padre sacaba el cigarrillo de la cajetilla y se aprestaba para encenderlo, con un movimiento rápido de mi silla me apresuraba a dejar mi plato sobre el fregadero de la cocina y me retiraba con sigilo a mi cuarto a dormir.

Las semanas pasaron y no pasó mucho antes de que mi padre se diera cuenta que ya no quería hablar con él durante la semana, en ese momento de unión familiar que era la cena, que huía de él y lo evadía.

Un día por la noche, cuando ya me había escabullido bajo las sábanas, mi padre subió al cuarto y se sentó junto a mi cama, me besó la frente y me dijo: ¿Estás enojado conmigo? ¿Por qué no quieres hablar conmigo cuando llego de trabajar por las noches? ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

Con seriedad lo miré a los ojos y le dije: “No me gusta que fumes. No me gusta el olor del cigarro. Y no me quiero encariñar contigo ni amarte porque te vas a morir pronto y me dolerá más si te quiero. Si quieres que me quede a platicar contigo por las noches no quiero que fumes.”

Mi padre con lágrimas gruesas corriendo por sus mejillas me abrazó, me besó en la frente y me dijo: “Así será hijo, te amo. Quiero estar contigo para verte crecer y estar a tu lado.”

Increíblemente, desde ese día y en adelante jamás mi padre volvió a fumar en casa. De la noche a la mañana abandonó el hábito del tabaco. Nuestras charlas volvieron y ser convirtió en mi mejor amigo, aún lo es.

Ahora que soy adulto sé del enorme sacrificio que para él implicó renunciar a un pequeño placer que guardaba para el final del día, algo que hacía por años. Renunciar al pequeño premio que se reservaba al final de la jornada. Ahora sé lo que el amor a su hijo más pequeño pudo lograr.

Mi padre me educó con el ejemplo de la congruencia, en la fuerza del amor sobre el egoísmo. Gracias papá!

 

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